Pacto del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo (1630) (II)

Texto del Pacto del Profeta Muhammad con los Cristianos del Mundo (1630) (II)

 [Por el Profeta Muhammad]

 [Traducción citada por Edward A. Van Dyck en 1881]

 [Traducción del inglés al castellano por Héctor Manzolillo – 2014]

 Mahommed, Mensajero de Dios, enviado a enseñar a los hombres y exponerles su misión Divina, ha escrito lo siguiente, a saber: Que el asunto de la religión cristiana, emanada de Dios, puede permanecer libre en todas las partes del Este y del Oeste, entre quienes son [naturales] del país y entre quienes son los vecinos; entre los que son desconocidos y entre quienes no. Yo dejo a todo este pueblo la presente escritura como un tratado inviolable y como una norma perfecta para todas las diferencias y controversias que aparezcan más adelante y como una ley justiciera, cuya observación ha sido impuesta de manera estricta. Por tanto, todos los hombres que profesen la fe de los musulmanes y rechacen cumplir estas cosas, y violen o rompan este acuerdo, como lo hacen los incrédulos, y transgredan las cosas que aquí ordeno, rompen el Pacto de Dios, se oponen a Su Voluntad y desprecian su testimonio, sea rey, príncipe u otro incrédulo. Por medio de este acuerdo, por el cual yo mismo me rijo, con las oraciones de los cristianos, en mi nombre y en el nombre de mis seguidores, entramos con ellos en el pacto de Dios y en la paz de los profetas, de los apóstoles elegidos, de los santos fieles y de los bendecidos de tiempos pasados y de los tiempos por venir. Por medio de este mi pacto, que quiero sea ejecutado tan religiosamente como (lo hace) un Profeta enviado de Dios o un ángel que se aproxima a la Divina Majestad, (el cual) es exacto y regular en la obediencia que se debe a Su ley y mandamientos, me comprometo a proteger a sus magistrados en mis provincias con mi pie y caballo, con mis auxiliares y con los creyentes que me siguen. Me comprometo también a defenderlos contra sus enemigos, estén ellos  lejos o cerca, a protegerlos en tiempo de paz y en tiempo de guerra, a mantener sus iglesias, sus templos, sus oratorios, sus conventos y los lugares a los que hacen peregrinaciones, donde sea que se encuentren, en las montañas o en los valles, en cavernas o en casas, en los campos o en los desiertos, o en cualquier otro tipo de construcción, y también a preservar su religión y sus mercancías en cualquier lugar, ya sea en tierra o en el mar, al Este o al Oeste, de la misma manera que yo preservo mi cetro y a los fieles creyentes que son mi gente. También prometo tomarlos bajo mi protección y darles garantía contra toda violencia y vejación que se les quisiese cometer y a repeler a los enemigos que deseasen dañarlos, a ellos y a mí y resistir firmemente, en persona y por medio de mis servidores y por medio de los que son mi pueblo y  mi nación. Porque,  mientras que yo esté puesto sobre ellos (es decir, mientras sea su gobernante), debo hacerlo y es mi obligación defenderlos y darles garantía frente a toda adversidad e impedir que caigan sobre ellos los daños que no caigan primero sobre los que trabajan conmigo en esto.

Me comprometo también a eximirlos de todas las cargas que los confederados están obligados a llevar, sea en el préstamo de plata o en las importaciones, de modo que pagarán lo que quieran, sin que les afecte daño o castigo alguno por proceder de esa manera. Sus obispos no serán sacados de sus diócesis, ningún cristiano será obligado a renunciar a su fe ni ningún trabajador a su profesión, a ningún peregrino se le dificultará la peregrinación, a ningún monje se lo molestará en su celda ni sus templos serán derribados o convertidos en mezquitas. Quien rompa el presente Pacto de Dios, se opone a Su Mensaje y hace nulo el Testimonio Divino.  A los monjes u obispos no se les impondrá ningún impuesto, a menos que lo quieran aportar voluntariamente. El impuesto se exigirá de los comerciantes ricos, de los pescadores de perlas y de los mineros que buscan piedras preciosas, oro y plata. También se demandará el impuesto a otros cristianos ricos con domicilio y establecidos en lugares fijos, pero no a los viajeros o a los que no tienen albergue fijo; estos no estarán sujetos a ningún impuesto ni a las contribuciones ordinarias si carecen de bienes, de mercancías o patrimonios tangibles. Quien debe pagar al gobernante según la ley pagará igual que los otros contribuyentes y no más. No se le exigirá al contribuyente algo que esté más allá de su fuerza y capacidad. Del mismo modo, quien ya paga impuestos por sus tierras, sus casas y sus ingresos, no será sobrecargado ni oprimido con otros impuestos. Los confederados no estarán obligados en ningún caso a ir a la guerra junto con los musulmanes contra sus enemigos, ya sea para combatir o para descubrir sus ejércitos (es decir, para actuar como espías), porque los aliados no son para emplearlos en expediciones militares. Este tratado ha sido hecho con ellos sólo para aliviarlos y evitar que sean aplastados.

Aún más, los musulmanes los cuidarán, protegerán y defenderán. Por lo tanto, no estarán obligados a ir a luchar y oponerse al enemigo ni proveer caballos o armas, a menos que lo hagan por propia decisión. Y quienes provean lo que sea de ese tipo de cosas, serán compensados y se les agradecerá debidamente. Ningún musulmán atormentará a los cristianos ni disputará con ellos, a menos que lo haga de manera civilizada. Los tratará amablemente y se abstendrá de ejercer cualquier tipo de violencia. Si sucede que algún cristiano comete un delito o erra de alguna manera, el musulmán está obligado a ayudarle, interceder por él, convertirse en su fiador y resolver el asunto. Incluso puede redimir su vida y no lo abandonará o privará de socorro debido al pacto piadoso que se hizo con ellos y porque deberían disfrutar de lo que disfrutan los musulmanes y sufrir lo que ellos sufren. Asimismo, que los musulmanes disfruten con lo que disfrutan los cristianos y sufran con lo que ellos sufren. En conformidad a este tratado, que se hace sobre la base de las justas súplicas de los cristianos y en conformidad con la diligencia necesaria para su cumplimiento efectivo, ustedes (es decir, los musulmanes) están obligados a respaldarlos y protegerlos de toda calamidad y recurrir a todos los posibles buenos oficios, de modo que todos los musulmanes compartan con ellos la buena y la mala fortuna. Además, se tendrá un particular cuidado de que no haya ninguna violencia en materia de matrimonio. Esto quiere decir que no se obligará a los padres y a las madres a dar a sus hijas en matrimonio a musulmanes y que no serán molestados en lo más mínimo por negarse a dar a sus hijos o hijas en matrimonio, porque ese es un acto absolutamente voluntario que se debe hacer con un buen corazón y alegría. Si sucede que una mujer cristiana se une por propia voluntad a un musulmán, este dejará a la libre decisión de ella, sin ningún tipo de obstáculo, obedecer a su padre espiritual (o sacerdote) y ser instruida en la doctrina de su fe. Por lo tanto, el musulmán la dejará tranquila y no la atormentará de ninguna forma, como con amenazas de divorcio o presionándola para que renuncie  a su religión. Si él procede de otra manera, rechaza el pacto de Dios, se rebela contra el tratado hecho por su apóstol y se convierte en uno de los mentirosos. Si los cristianos desean reparar sus iglesias, sus monasterios u otros lugares donde realizan servicios divinos y necesitan de la ayuda y la liberalidad de los musulmanes, estos están obligados a contribuir en toda su capacidad y concederles lo que necesiten gratuitamente, como un gesto de buena voluntad hacia su religión, es decir, sin el propósito de sacar algún tipo de ventaja, en obediencia al tratado hecho por el apóstol de Dios y la obligación que tienen de ponerlo en práctica y cumplirlo. No deberán oprimir a ninguno de ellos, que viven entre los musulmanes. De ninguna manera alentarán el odio hacia (los cristianos) o los obligarán a llevar cartas o servir como guías y no ejercerán sobre ellos violencia alguna, porque el que se acostumbra a este tipo de tiranía es un opresor, un enemigo del apóstol de Dios y un rebelde contra sus órdenes. 

He aquí lo que se ha establecido entre Mahommed, el apóstol de Dios, y los cristianos: Las condiciones a las que yo los constriño en conciencia es que ningún cristiano debe acoger a un soldado enemigo de los musulmanes, recibirlo en su casa, sea de manera abierta o encubierta. No darán refugio a ningún enemigo de los musulmanes y no lo tendrán en sus casas, iglesias o conventos. De ninguna manera proveerán de hombres, armas o caballos al campo del enemigo de manera solapada y no tendrán ninguna conexión o relación con el enemigo, sino que se retirarán  a lugares seguros en búsqueda de su propia preservación y defensa de su religión. Proveerán a cada musulmán y a su bestia (animal) lo necesario para la subsistencia durante tres días, de manera apropiada y con distintos tipos de productos. También harán lo más posible por defender (a los musulmanes) si son atacados y los protegerán de accidentes desgraciados. Por esta razón, si algún musulmán quiere esconderse en cualquiera de sus casas, lo ocultarán con buena voluntad y lo liberarán del peligro en el que está sin descubrirlo ante su enemigo. Quienes de los cristianos violen alguna de estas condiciones, cualquiera sea, y hagan lo contrario, serán privados de las ventajas contenidas en el pacto de Dios y de Su Apóstol y no merecerán gozar de los privilegios concedidos a los obispos, a otros monjes y a los creyentes de lo que está contenido en el Corán.

Por tanto, reclamo a mi pueblo, en nombre de Dios y por medio de su profeta, mantener fielmente todas estas cosas y cumplimentarlas en cualquier parte de la tierra que sea. El mensajero de Dios les recompensará siempre que las observen sin violarlas hasta el día del juicio y hasta la disolución del mundo. 

Los testigos de las presentes condiciones acordadas con Mahommed, el apóstol de Dios, son: 

Abu Bakr es-Suddik; Omar Ibn-el-Khattab; Othman Ibn ‘ Affan; ‘Ali Ibn Abi Talib y varios otros. El escriba que lo escribió a mano fue Mu’awiyyah ibn Abi Sufyan, el soldado del apóstol de Dios, el último día del cuarto mes lunar, el cuarto año de la huida a Medina. 

Quiera Dios recompensar a esos que son  testigos de esta escritura. Las Alabanzas sean para el Dios de todas las criaturas.