Pacto del Profeta Muhammad con los cristianos de Persia

Texto del Pacto del Profeta Muhammad con los Cristianos de Persia

 [Por el Profeta Muhammad]

 [Citado en Arpee, 1946, pp. 335-360]

 [Traducción del inglés al castellano por Héctor Manzolillo – 2014]

 ¡Por la voluntad de Dios! ¡En el nombre de Dios Misericordioso!

 Sea este Escrito conocido para todos, por su escritura y estilo, un Contrato firme, un Tratado que debe ser obedecido por todos los pueblos cristianos, habiten a lo largo del mundo hacia el oriente de Arabia y Persia o entre los límites de estos, estén en contacto cercano o lejano con los creyentes, tengan un conocimiento mutuo o no con los creyentes. Este Pacto y Contrato es merecedor de obediencia e incumbe a todos los musulmanes observar sus disposiciones. Quienquiera estime un deber obedecer las palabras de este Pacto, su fe es perfecta, como la de los hombres que hacen el bien, como el que será juzgado meritorio de un premio. Pero esos quienes intencionadamente perviertan las palabras de este Pacto, lo anulen o lo repudien, o desobedezcan los mandatos de este Contrato, persistiendo en ir en contra del mismo, serán considerados anuladores del Pacto o Contrato de Dios. Quienquiera que también desprecie de manera irreverente este Escrito, será merecedor de castigo, sea rey o una persona de a pie, sea creyente piadoso (es decir, musulmán) o sólo un creyente (es decir, cristiano).    

Ahora comienzo las palabras de este Pacto, de acuerdo con la indicación que Dios me concedió como autenticación. Yo hago obligatoriamente vinculante este Contrato, de un modo nunca obligado por ningún profeta del pasado y de una forma que ningún ángel de pie ante Dios ha encontrado fácil ordenar. Por lo tanto, las palabras de este Pacto, las que estoy por formular, deben ser obedecidas por todos los que son de mi pueblo. 

Todos los creyentes piadosos considerarán un servicio obligatorio defender a los creyentes y ayudar a cualquiera de ellos, estén cerca o lejos, y a lo largo de toda la cristiandad protegerán los lugares donde cumplen con sus ritos y los lugares donde habitan sus monjes y sacerdotes. En cualquier parte, en las montañas, en las llanuras, en las ciudades, en los sitios desolados, en los desiertos y dondequiera que sea, esa gente (es decir, los cristianos) será protegida, en su fe y en su propiedad, en el Este y en el Oeste, en la tierra o en el mar. 

Mientras me respeten, los musulmanes considerarán a esa gente bajo nuestra protección. En cualquier caso que alguna desgracia o inconveniente les alcance, los musulmanes están obligados a ayudarlos y cuidarlos, porque son gente de mi Nación, que la respetan y a la que también ayudan. 

Por lo tanto, me corresponde atender a su bienestar, protegerlos y ayudarlos frente a toda oposición y desgracia, eliminando todo lo que sea un medio para que se les robe. Al cobrarles los impuestos, no se les puede pedir más de lo que puedan pagar, arreglando de mutuo acuerdo la cuestión, sin violencia ni coerción. No se interferirá en sus actividades de construcción; sus sacerdotes no serán molestados en el cumplimiento de sus tareas; no serán acosados debido a su fe o sus costumbres y se les permitirá rezar como deseen en sus propios lugares de adoración según sus propios ritos. Sus iglesias no serán desmanteladas o destruidas ni confiscadas sus casas y mansiones para convertirlas en mezquitas o en residencias para musulmanes sin su consentimiento. Quienquiera que sea que no proceda de la manera prescrita y contraríe mi mandato, será considerado despreciador de este Contrato y opositor a la palabra de Dios y de su Profeta.  

No se les sacará por impuesto a la tierra un monto que exceda los cuatro dinares o una sábana de lino, que será para beneficio de los musulmanes y mantenida como un depósito sagrado para uso público. Tampoco se les exigirá ninguna otra cosa (a modo de impuesto) que lo que prescribimos aquí. Sean mercaderes y ricos o vivan a campo abierto, sean pescadores de perlas en el mar o propietarios de minas de piedras preciosas, de oro o de plata, posean o no otras propiedades valiosas, no deberán pagar más de doce dirhams

A quienes no sean de fe cristiana y no ejecuten su culto según el rito cristiano, se les exigirá cuatro dirhams. Pero a quienes sean obedientes y cumplan su palabra, no se les demandará más que los doce dirhams antes mencionados, a condición que habiten donde reside su gente. A quienes viajen, no moren permanentemente en un lugar y se trasladen de un lugar a otro constantemente, no se les cobrará impuesto a la tierra, excepto en el caso que alguien herede la propiedad sobre la cual el Imam tenga un derecho, circunstancia en la que se le exigirá el impuesto legal (correspondiente). No obstante, no se ejercerá ningún tipo de violencia o exacción ilegal sobre el contribuyente, más allá de su capacidad de pago. No serán objeto de la avaricia (de otros) sus mansiones, su producción y sus frutos. 

A los cristianos no se les pedirá que combatan por los musulmanes contra los enemigos de la Fe. Tampoco los musulmanes en guerra con otras naciones extranjeras o metidos en medio de masacres, forzarán a los cristianos a hacer causa común en contra del enemigo. Pero si el enemigo atacase a los cristianos, los musulmanes (están obligados) a empeñarse plenamente contra el mismo, con sus caballos, sus espadas y sus lanzas. Procediendo así, cumplimentarán una acción plausible. 

Ningún cristiano será forzado a confesarse islámico y no se discutirá con ellos, excepto que sea por cosas que se consideren muy buenas para ellos. Los musulmanes extenderán su misericordia y amabilidad sobre los cristianos en todas partes, protegiéndolos del pillaje de los opresores. Si algún cristiano de manera inadvertida ofende, los musulmanes deberán considerar su deber asistirlo, acompañarlo a los estrados judiciales, de modo que no se le pueda exigir más de lo que Dios prescribe y se pueda restaurar la paz entre las partes en disputa de acuerdo con las Escrituras. 

Si observan todas las condiciones mencionadas y pagan la capitación, ningún cristiano será tiranizado u oprimido por mi pueblo. Tampoco ninguno de ellos tiranizará a los musulmanes o los oprimirá, desde ahora hasta el momento que Dios ordene (es decir, el fin del mundo). Los musulmanes no tomarán por la fuerza a las mujeres y doncellas cristianas, sino sólo con el consentimiento de sus señores, excepto en el caso que sean libres de elegir unirse con los musulmanes y casarse con ellos, ya sea de manera permanente o temporaria. Cuando pueda ser así, se respetará la libre determinación de las mujeres, (es decir,) serán libres de casarse con quienes quieran y amen. Y si una mujer cristiana fuese a casarse con un musulmán, se le permitirá continuar con su fe cristiana, ir a las iglesias cristianas sin impedimento y vivir como le agrade según su propia fe y leyes. No se le obstaculizará para nada la comunicación con sus consejeros espirituales ni se la forzará a hacer algo contra su voluntad o a abandonar su fe y leyes. Se considerará que el que repudia las palabras de este Contrato repudia a Dios y a los ojos del Profeta será culpable de anular las palabras del Pacto del Profeta de Dios. A una persona así se la ubicará entre los pecadores frente a Dios. 

Los cristianos deben ser ayudados a reparar sus iglesias, capillas y monasterios. Si en interés del pueblo musulmán benevolente y de su fe, los musulmanes pidiesen ayuda a los cristianos, estos no la negarán, como expresión de buena voluntad o amistad. Teniendo presente que los cristianos son súbditos nuestros, buscaron nuestra protección y se refugiaron en nosotros, consideramos leal ayudarlos y socorrerlos de todas las formas legítimas. Si a alguno de ellos se lo pone de negociador de la paz entre los musulmanes y los infieles, nadie se opondrá y si fuese de utilidad a nuestra causa, se aceptará su servicio. Y a quien lo desestime o le falte el respeto, se lo contará entre los ruines, culpable ante el Profeta de Dios y enemigo de su palabra revelada. 

Asimismo, aquí sigue un Tratado de Mohammed, el Gran Profeta de Dios (¡quiera la bendición de Dios ser sobre él y su posteridad!), con el pueblo  cristiano. (Es) un Tratado que Su Majestad, después de decidir las palabras precedentes, ordenó y estableció con los cristianos respecto de su fe y leyes, compuesto por unas pocas disposiciones que pasaban a ser de cumplimiento obligatorio para ellos. Las palabras anteriores en nada se oponen a las que siguen sino que armonizan en todo. 

Una de las órdenes es esta: ellos no ayudarán para nada a los infieles, sea de manera abierta o subrepticia, ni recibirán en sus casas a los enemigos de los musulmanes, para evitar que aprovechando alguna oportunidad los ataquen. No permitirán que hombres enemigos se detengan en sus casas o iglesias, no darán asilo a tropas enemigas, no las ayudarán con lanzas, flechas, espadas, caballos ni ninguna otra cosa. 

No actuarán como guías del enemigo ni les mostrarán cómo emboscar (a los musulmanes). No confiarán o entregarán sus propiedades al enemigo para mantenerse a salvo. No mantendrán  comunicación con ellos, no los ayudarán por medio de las palabras o acciones y no les permitirán refugiarse, excepto, solamente, bajo coacción. 

En caso de que un musulmán pase por la casa de un cristiano puede ser hospedado allí tres días y tres noches, pues más que eso es innecesario. Los cristianos protegerán a los musulmanes del abuso y de la opresión de los tiranos. 

En el caso que sea necesario ocultar a un musulmán en sus casas o mansiones, deberán darle un lugar donde descansar, lo cuidarán, no lo abandonarán  ni lo dejarán sin alimento en tanto permanezca oculto. Las mujeres y los niños de los musulmanes no serán traicionados ni expuestos al enemigo y los cristianos no se apartarán de estas órdenes.   

Y si algún cristiano procede en contra de este Tratado o lo ignora, se considerará que lo anula. Una persona así repugna a Dios y el Profeta le hará llegar su justa retribución. 

Por lo cual consideramos a todos los cristianos comprometidos a observar las palabras de este Tratado hasta cuando Dios disponga otra cosa.

 En testimonio de lo cual se adjunta la Firma que en presencia del Clérigo y de los Señores de la Nación, el Santo, el Gran Profeta, Mohammed, puso, confirmando el Tratado precedente. 

¡Dios Omnipotente y Señor de Todo! 

En cumplimiento de la Orden del Gran Profeta de Dios, Mohammed, el Elegido del Señor (¡quiera la bendición de Dios ser sobre él y su posteridad!), este Tratado fue redactado el lunes siguiente a los primeros cuatro meses del Cuarto Año de la Hégira.